HORMIGA ARGENTINA Nº 3:

CHILE Y ARGENTINA NO SE PELEARON. AMEN.

EPILOGO:
Dos veces la hormiga argentina instruyó su panel de ilustración conceptual. Ésta es la tercera. Se intenta, con la mínima interrupción, es decir de menor a mayor, de instalar un tironeo vital que amablemente sitúe la mente artística entre nosotros.
La subjetividad de la intención es evidente, la da la contigüidad activa de la hormiga en estas últimas décadas con el objeto artístico y sus militantes alrededores: es decir el testimonio.
“Dar un sentido de la frescura o intensidad de la vida es un propósito válido para la poesía. Un propósito didáctico se justifica en la mente del maestro. Un propósito filosófico se justifica en la mente del filósofo. No se trata de que un propósito sea tan justificable como otro, sino de que hay propósitos puros e impuros. Busca aquellos propósitos que son puramente los propósitos del poeta puro.” Wallace Stevens
Lo que se intenta es que la pureza del testimonio, al compartirlo, tenga la posibilidad de interactuar como un elemento de transformación en las alternativas mentales ante la experiencia que trae el “objeto artístico”. Transformación en el sentido de preparar la percepción de tal manera que la “revelación” produzca algo tan sencillo como el interés. El arte necesita de una distracción de lo cotidiano que nos permita la sospecha de lo trascendente.
H. A.

Artista: Rembrandt van Dyck Lozza
Poner “Currículum hecho por el artista” debajo del manuscrito
y tres obras.

Lux Lindner 1º premio categoría arte digital Premio MAMbA – Fundación Telefónica – Arte y Nuevas tecnologías.

LA PROSA DEL MUNDO:

La función del museo, como la de la biblioteca, no es únicamente bienhechora: nos proporciona el medio de contemplar juntas, como obras, como momentos de un solo esfuerzo, producciones que yacían a través del mundo, hundidas en los cultos o las civilizaciones cuyo ornamento pretendían ser. En este sentido el museo funda nuestra conciencia de la pintura como pintura. Pero es mejor buscarla en cada pintor que trabaja, porque en él se encuentra en estado puro, mientras que el museo la asocia con emociones de menos buena calidad. Habría que ir al museo como van los pintores, con la alegría del diálogo, y no como vamos nosotros, nosotros los aficionados, con una reverencia que, a fin de cuentas, no es de buena ley. El Museo nos da mala conciencia, una conciencia de ladrones. De vez en cuando se nos ocurre que esas obras no fueron hechas en definitiva para acabar entre aquellos severos muros, para regocijo de los paseantes del domingo, de los niños del jueves o de los intelectuales del lunes. Sentimos vagamente que hay en ello un desperdicio y que ese recogimiento de solteronas, ese silencio de necrópolis, ese respeto de pigmeos no es el verdadero ambiente del arte, que tantos esfuerzos, tantas alegrías y penas, tantas cóleras, tantos trabajos no estaban destinados a reflejar un día la luz triste del museo del Louvre… El museo transforma las obras en obras, él sólo hace aparecer los estilos, pero añade también, a su verdadero valor un falso prestigio, al desprenderlos de los azares en medio de los cuales nacieron, al hacernos creer que unos super-artistas, unas “fatalidades” guiaban la mano de los artistas desde siempre. Mientras el estilo vivía en cada artista como la pulsación más secreta de su corazón, mientras cada artista, en cuanto palabra y estilo, se encontraba a sí mismo en todas las otras palabras y en todos los demás estilos y percibía el esfuerzo de aquellos como pariente del suyo, el museo convierte esta historicidad secreta, púdica, no deliberada, y como involuntaria, en historia oficial y pomposa: la inminencia de una regresión que determinado pintor no sospechaba da a nuestra amistad hacia él un matiz patético que le era completamente ajeno. En su opinión, había trabajado jovialmente, toda una vida de hombre, sin pensar que lo estaba haciendo sobre un volcán, y nosotros contemplamos su obra como unas flores al borde de un precipicio. El museo convierte a los pintores en unos seres tan misteriosos para nosotros como los pulpos o las langostas. Obras que habían nacido al calor de una voluntad, se las transforma en prodigios de otro mundo, y el soplo que las impulsaba no es ya, en la pensativa claridad del museo, bajo los cristales o los espejos, más que una débil palpitación en su superficie… El museo mata la vehemencia de la pintura, como la biblioteca, decía Sartre, transforma en mensajes los escritos que eran los gestos de un hombre… Es la historicidad de la muerte. Pero hay también una historicidad de vida, de la que el museo no es más que la imagen decaída: la que habita al pintor en su trabajo, cuando anuda con un solo ademán la tradición que recoge y la que él mismo funda, la historicidad que, sin que él abandone su puesto, su tiempo, su trabajo bendito y maldito, le junta de un golpe con cuanto alguna vez haya sido pintado en el mundo. La verdadera historia de la pintura es no aquella que sitúa a la pintura en el pasado e invoca a los Super-artistas y las fatalidades, sino la que la pone toda ella en presente, habita los artistas y reintegra al pintor a la fraternidad de los pintores.

Maurice Merleau-Ponty, La prosa del mundo, Ed. Taurus, 1969


Picasso, Autorretrato, 1972
Kurt Wyss, Picasso en la sala de su casa de campo, 1967


SEMINARIO:

Es posible que el pensamiento después llamado estético – no la estética todavía – haya aparecido en Grecia con los presocráticos, pero se desarrolló recién cuando Sócrates, Platón y Aristóteles reflexionaron sobre el Arte y la Belleza, instancia ésta que permanecía unida a las obras y a quienes las hacían o las contemplaban, demostrando así la búsqueda del Ser en las cosas, fieles a un principio ontológico que fue duradero; en particular, idealizando al hombre, sin descubrir ni por asomo la existencia independiente de lo estético.
Jorge Romero Brest, ¿La Estética o lo Estético?, Ed. Rosenberg-Rita, 1988.

La geometría sencilla, el carácter abstracto y antiexpresivo y el origen expresionista se han convertido de hecho en los elementos descriptivos fundamentales del arte minimal.
Francisca Pérez Carreño, Arte minimal. Objeto y sentido, A. Machado, 2003.


Poema inicio:

¿No viste nunca un iglú?

lo derrite
tu imaginación
caliente,
la misma
que quema
mis dudas.

La poesía es un faisán perdiéndose en la espesura.
W. Stevens